Después de las ventanas, viven los muelles
El muelle abandonado se quiebra
ante el gentío pululante que le sonríe. No necesita de halagos, ni de compañía.
Es un muelle. Seco, áspero, sí. Consciente de su estado apacible y sereno
que durante toda su vida pasada ansió ser, hoy respira acompañada de las ninfas
de Euterpe revoloteando y creando danzas de ofrenda.
El muelle flota, navega dentro de
sí mismo. Cambia de texturas, de colores, de olores. Sonríe. Sueña con no ser
él y cuando despierta, recibe coros angelicales nutriendo su espíritu, su carne
transparente, sus astillas de oro, sus recuerdos quebrados convertidos en
abrazos.
Cuando un muelle flota el
universo se expande. Cuando un muelle se convierte en su propio refugio y
sostén, en su aliciente, en su cobijo, todos los colores del mundo se vuelven
uno solo gritando pacíficamente hacia todos los padres y madres del mundo,
hacia todos los ríos, lagos, mares, ranas, charcos, mosquitos, flores, abejas… hacia
todas las especies de la creación.
Ya no puedo hablar de vida ni de
muerte, ni mi muelleo me da para pensar en dios o en el mal de la humanidad, la
cual me es totalmente indiferente.
Muelleo creando muelles y olas
alrededor de este mar que me brinda la oportunidad de respirar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario