miércoles, 28 de noviembre de 2012


Después de las ventanas, viven los muelles
 
El muelle abandonado se quiebra ante el gentío pululante que le sonríe. No necesita de halagos, ni de compañía. Es un muelle. Seco, áspero, sí. Consciente de su estado apacible y sereno que durante toda su vida pasada ansió ser, hoy respira acompañada de las ninfas de Euterpe revoloteando y creando danzas de ofrenda.

El muelle flota, navega dentro de sí mismo. Cambia de texturas, de colores, de olores. Sonríe. Sueña con no ser él y cuando despierta, recibe coros angelicales nutriendo su espíritu, su carne transparente, sus astillas de oro, sus recuerdos quebrados convertidos en abrazos.

Cuando un muelle flota el universo se expande. Cuando un muelle se convierte en su propio refugio y sostén, en su aliciente, en su cobijo, todos los colores del mundo se vuelven uno solo gritando pacíficamente hacia todos los padres y madres del mundo, hacia todos los ríos, lagos, mares, ranas, charcos, mosquitos, flores, abejas… hacia todas las especies de la creación.

Ya no puedo hablar de vida ni de muerte, ni mi muelleo me da para pensar en dios o en el mal de la humanidad, la cual me es totalmente indiferente.

Muelleo creando muelles y olas alrededor de este mar que me brinda la oportunidad de respirar.