martes, 18 de diciembre de 2012

Dodecaedro

“El camino del deseo tiene un rostro, en un primer momento, y en un segundo, también.” Por más que intenté dar vueltas a ese dodecaedro, a ese volumen prismático con diversas caras multicolores, me empeciné en decirme a mí misma que la senda del deseo mostraba única y exclusivamente una cara. Por siempre, infinitamente. Sin embargo, ese obtuso pensamiento me llevó a descubrir que el rostro del deseo que yo me encaprichaba en sentarme a contemplar, era expansivo, maleable, como un hoyo negro formado por gases que hacen flotar toda materia que se acerca a él debido a la falta de presión atmosférica en la que el tiempo se alarga; pero también vi, ahí, sentada frente a ese rostro que yo creía plano, que bastaba con un solo parpadeo para darme cuenta de que la percepción de la faz del deseo era –es-  como jalar la palanca al excusado, es decir, esa galaxia  negra tragona que se lleva el agua, que desaloja el contenido del retrete, que limpia, que hace ruido, escándalo a veces inaguantable, ya, se fue, se lo llevó, y que trae consigo agua limpia, en caso de que el excusado se encuentre en óptimas condiciones, de lo contrario los residuos no se van, no hay limpieza, sólo llega un poco de agua para que floten bien los excrementos del alma.

La cara del camino del mentado deseo –una, insisto-, tenía diversos colores, tonos, volúmenes, ritmos, movimientos, pero sobre todo tenía risas, tenía voz, tenía saltitos, tenía sueños, tenía pausas. Y ver estos detalles fue lo que más me alteró ahí, sentada, viéndola como si fuera una pantalla de cine. Esos detalles contrapunteaban notablemente con los innumerables rostros secos (distantes), quietos, estáticos, parcos, inmóviles que acababa de descubrir,  chocaban abruptamente con la mecanización del amor. Entonces lo vi –de nuevo- claramente: El camino del deseo no era el del amor, el camino del amor deseaba ser el del deseo. La marea multicolor de risas, brinquitos, voces, movimiento, historias y pensamientos era mi camino hacia mi deseo, no era el camino del deseo de él -¿él tendría un camino del deseo poseedor de un rostro?-. Era mi pregunta, no la del otro.

Pude comenzar a girar ese prisma multifacético, y vi otros rostros. Y morí de tristeza al verlos. Fue deprimente. La mayoría eran secos (distantes), quietos, estáticos, parcos, inmóviles. Sólo me quedaba –en ese instante eterno- elegir guardar los destellos, las risas, los abrazos y los sueños en mi boca inmóvil, en mis brazos tensos, en mis ojos cerrados –excelentes actores-, en mi rostro mojado, en mis labios inmóviles.

Lo gracioso y deprimente es que fue espontáneo y sumamente necesario.

miércoles, 28 de noviembre de 2012


Después de las ventanas, viven los muelles
 
El muelle abandonado se quiebra ante el gentío pululante que le sonríe. No necesita de halagos, ni de compañía. Es un muelle. Seco, áspero, sí. Consciente de su estado apacible y sereno que durante toda su vida pasada ansió ser, hoy respira acompañada de las ninfas de Euterpe revoloteando y creando danzas de ofrenda.

El muelle flota, navega dentro de sí mismo. Cambia de texturas, de colores, de olores. Sonríe. Sueña con no ser él y cuando despierta, recibe coros angelicales nutriendo su espíritu, su carne transparente, sus astillas de oro, sus recuerdos quebrados convertidos en abrazos.

Cuando un muelle flota el universo se expande. Cuando un muelle se convierte en su propio refugio y sostén, en su aliciente, en su cobijo, todos los colores del mundo se vuelven uno solo gritando pacíficamente hacia todos los padres y madres del mundo, hacia todos los ríos, lagos, mares, ranas, charcos, mosquitos, flores, abejas… hacia todas las especies de la creación.

Ya no puedo hablar de vida ni de muerte, ni mi muelleo me da para pensar en dios o en el mal de la humanidad, la cual me es totalmente indiferente.

Muelleo creando muelles y olas alrededor de este mar que me brinda la oportunidad de respirar.