Dodecaedro
“El camino del
deseo tiene un rostro, en un primer momento, y en un segundo, también.” Por más
que intenté dar vueltas a ese dodecaedro, a ese volumen prismático con diversas
caras multicolores, me empeciné en decirme a mí misma que la senda del deseo
mostraba única y exclusivamente una cara. Por siempre, infinitamente. Sin
embargo, ese obtuso pensamiento me llevó a descubrir que el rostro del deseo
que yo me encaprichaba en sentarme a contemplar, era expansivo, maleable, como
un hoyo negro formado por gases que hacen flotar toda materia que se acerca a
él debido a la falta de presión atmosférica en la que el tiempo se alarga; pero
también vi, ahí, sentada frente a ese rostro que yo creía plano, que bastaba
con un solo parpadeo para darme cuenta de que la percepción de la faz del deseo
era –es- como jalar la palanca al
excusado, es decir, esa galaxia negra
tragona que se lleva el agua, que desaloja el contenido del retrete, que
limpia, que hace ruido, escándalo a veces inaguantable, ya, se fue, se lo
llevó, y que trae consigo agua limpia, en caso de que el excusado se encuentre
en óptimas condiciones, de lo contrario los residuos no se van, no hay
limpieza, sólo llega un poco de agua para que floten bien los excrementos del
alma.
La cara del camino
del mentado deseo –una, insisto-, tenía diversos colores, tonos, volúmenes,
ritmos, movimientos, pero sobre todo tenía risas, tenía voz, tenía saltitos,
tenía sueños, tenía pausas. Y ver estos detalles fue lo que más me alteró ahí,
sentada, viéndola como si fuera una pantalla de cine. Esos detalles
contrapunteaban notablemente con los innumerables rostros secos (distantes),
quietos, estáticos, parcos, inmóviles que acababa de descubrir, chocaban abruptamente con la mecanización del
amor. Entonces lo vi –de nuevo- claramente: El camino del deseo no era el del
amor, el camino del amor deseaba ser el del deseo. La marea multicolor de
risas, brinquitos, voces, movimiento, historias y pensamientos era mi camino
hacia mi deseo, no era el camino del deseo de él -¿él tendría un camino del
deseo poseedor de un rostro?-. Era mi pregunta, no la del otro.
Pude comenzar a
girar ese prisma multifacético, y vi otros rostros. Y morí de tristeza al
verlos. Fue deprimente. La mayoría eran secos (distantes), quietos, estáticos,
parcos, inmóviles. Sólo me quedaba –en ese instante eterno- elegir guardar los
destellos, las risas, los abrazos y los sueños en mi boca inmóvil, en mis
brazos tensos, en mis ojos cerrados –excelentes actores-, en mi rostro mojado,
en mis labios inmóviles.
Lo gracioso y
deprimente es que fue espontáneo y sumamente necesario.